Lagunas venecianas



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La plaza de San Marcos de Venecia desde el vaporetto 82

El campanile de San Marcos de Venecia, visto desde el vaporetto 82

Siguiendo nuestra inveterada costumbre de no meter cizaña mientras un evento está sucediendo (vamos, que lo nuestro no es competir con nadie mientras se está ganando el pan hablando de lo qu sea), ahora podemos hablar de Venecia, justo antes de que empiece San Sebastián.
Como todos los colegas saben, el festival de cine italiano ha sido un tocho del que sólo se han salvado las cuatro películas premiadas… Y eso que seguimos dudando dónde actuaba Mickey Rourke, si dentro o fuera de la pantalla. Bueno, que el premio le vaya bonito y le sirva para seguir trabajando, si es posible, bien.
Ahora, ya fuera de la laguna veneciana, podemos explicarles que uno de los chascarrillos que más corrió por los pasillos del certamen, en el Lido, era el referido al artículo que Carlos Boyero, el crítico de El País, publicó el 3 de septiembre: “El hastío sale carísimo”.
Boyero decía algunas obviedades, aunque pocas veces las escribimos: Venecia es carísima y los periodistas y críticos que vamos allí sólo podemos hacerlo a cuenta de los medios de comunicación que nos pagan el viaje, el hotel y las comidas. No mucho más, no se crean, que la crisis también ha llegado para nosotros.
Cuando uno va a Venecia por su cuenta, de vacaciones, camina por la ciudad, coge algún que otro vaporetto, come bocatas, pizzas o lo que te dé el presupuesto y suele dormir en lugares más accesibles que los hoteles del Lido.
Pero nuestro caústico colega acertó de pleno en lo siguiente: “La noticia más relevante que destacaban todos los medios el domingo […] es que Carlos Saura había exhibido cinco minutos de su adaptación al cine de la ópera Don Giovanni. El notición del lunes era que la excelente actriz Natalie Portman había presentado aquí el primer cortometraje que ha dirigido…”
Ay ¡Cómo estaba el patio veneciano! ¡Cinco minutos de Saura y un corto de famosa!
Boyero tenía más razón que un santo…
Nosotros también queremos ser como él de mayores. ¿Como que de mayores? ¡Ya mismo!
¿Pero se imaginan a su crítico de cabecera –sí, ese al que leen en el diario o revista que compran o al ve oyen por la radio o ven por la tele– escibir lo que Boyero escribía ese día en su diario? Seguro que su jefe le cuelga por los pulgares y le hace reescribir la crónica de arriba a abajo.