El robobo del Gogoya



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En la tercera edición de nuestros galardones, allá por 1992, concedimos un bonito YoGa Tiburón 2: el robobo de la jojoya a la peor distribuidora, para la Columbia Tristar.
Hoy, queremos hacer lo propio con ese supuesto crítico en paro, que se llevó prestada la estatuilla del Goya al mejor documental de este año, concedido a Albert Solé por su película Bucarest, la memoria perdida.
El ínclito ¿periodista?, trofeo en mano, se dirigió, raudo y veloz hacia la redacción madrileña de El Mundo, para hacer entrega del sisado premio-cabezón.
Y se explica así:

“No soy un ladrón. Sólo quiero protestar por el sectarismo y el nepotismo que imperan en el cine español”.

¿Comoorrrr? Bueno, bueno, bueno. Pero esa es su denuncia en El Mundo, que hoy doblará las entradas en su web, seguro, y venderá muchos diarios, a costa de la víctima.
Porque, en realidad, a nadie más que al pobre Solé le importaba el tema.